martes, 20 de marzo de 2012

El 11º mandamiento

El verano es hermoso por muchas cosas… por ejemplo, las vacaciones. Viajé, con muy pocas cosas y muchas dudas, a la tierra del sol y del buen vino, solo y dispuesto a sorprenderme.
Una hermosa familia me recibió en su casa y entablé muy buena relación con el “hombre de la casa”. Charlamos mucho, y bien. Entre tantas cosas que me contó, me habló del vino y del asado, del fútbol y de Silvio, del canto y los bares, de Dios y el socialismo.
Sentados, tras una tarde de sol y calma, esperando que llegara una de esas fugaces tormentas de verano que azotan en la cordillera, me habló del 11º mandamiento.
-Una vuelta, yo todavía no me había casado, así que imaginate cuántos años hace ya, estaba de un sacerdote amigo, tomando unos mates. Charlábamos sobre la vida, y así estábamos cuando me dijo que había un 11º mandamiento, y quizá era uno de los más importantes.
(¿Tuvieron alguna vez la sensación de que ya sabían lo que venía a continuación, y por si fuera poco, pasa? Bueno, exactamente eso pasó a continuación.)
-Me dijo bien clarito: “No hay que ser boludo”. O sea, hay que ser bueno, pero no hay que ser boludo. Lástima que no sea el mandamiento más difundido.
Sonreí. Era, definitivamente, una de las cosas que más necesitaba escuchar en ese momento.

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