miércoles, 14 de marzo de 2012

Pero soy optimista, lo otro no parece muy útil

Cuando en el mar hay tormentas, el pesimista mira hacia el cielo y se dá por muerto, se deja a la deriva. Por su parte, el optimista, mira hacia el cielo y asegura que ya pasará. Pero el realista ajusta las velas y sigue navegando.* 

Siempre me he considerado más bien un optimista. Quizá porque me la paso acompañando mis sueños y los de otros. Quizá porque veo la vida en colores. Quizá porque me la paso ayudando a todos. Quizá porque prefiero vivir en la esperanza, confiando en que un mundo mejor es posible, y que hasta la más pequeña luz puede contra la mas tremenda oscuridad.
El que caso es que creo que algunas cosas malas pasan para que otras buenas aparezcan. Creo que si no dejo de luchar ni de caminar hacia donde quiero llegar, tarde o temprano llegaré.
Lo cierto es que ser optimista implica ser porfiado, ser un poco terco. Implica animarse a soñar que se puede cambiar. De todas formas, el “realismo” (por llamarlo de alguna forma), se toca con los dos. Yo puedo pararme en el realismo desde el optimismo o desde el pesimismo. En lo personal, prefiero el primero.
No es malo ser terco, ni porfiado, ni optimista, ni esperanzado. Pero no hay que ser pelotudo.



*Le debo la cita a William George Ward

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