viernes, 27 de abril de 2012

Plumas profusas


-Che hermano, te paso algo que escribí. Yo sé que a vos la gente te lee y que sos un tipo de pluma profusa, pero fijate si te parece ponerlo en tu blog, si no es una mezcla entre Oscar Wilde, Hesse, y Kafka, con una sobredosis de shots de pasto.


Había una vez un hermoso pájaro. Adoraba el color de los juncos, el olor del río en primavera, los colores y formas de otros pájaros. Enamorado del abigarrado paisaje, el viento lo acariciaba al vuelo, y el pájaro, junto con otros seres alados, le cantaba loas al alba. 
El paraíso. Pero este paisaje no resultó ser tan placentero como parecía. Otros pájaros hubo en su camino, y la experiencia fue tan dura que royó su cuerpo.
De a poco, ese mundo tan ameno fue perdiendo sus colores. Gris. Un gris infinito. El mismo fantasma detrás de cada par de ojos. 
De a poco desaprendió a volar (que tanto le había costado), la piel se le empezó a surcar, se volvió pétrea, rígida, granítica. Se apalabro de rencores pasados. Guerreaba con los jirones de su cuerpo para protegerse la acechante mirada. No canto más loas al gris alba, no se dejó acariciar más por el viento.
La petrificación continuó su natural proceso, y el pájaro pasó a ser un accidente más del gris paisaje. 


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Dirán algunos que soy pesimista al decir que la gente no cambia. Creo que hay una esencia, un algo complejo que nos identifica, que tiene sus claros y oscuros, y que no cambia. Un árbol puede cambiar su forma, perder sus hojas, pero siempre va a tener raíces y tronco Lo que si cambia es cómo (des)aprendemos a observar nuestro entorno. No se vuelvan grises.

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