lunes, 9 de abril de 2012

Hugo

Me resultaba prácticamente irreconocible, aunque era él. Entramos al mismo bar de siempre, ese de luces muy oscuras y música mezclada. Con su barba desprolija y su pelo corto, apenas si parecía él. Yo estaba muy acostumbrado a verlo con el pelo largo por debajo de los hombros, prolijamente afeitado y con ese andar despreocupado. Sin embargo, su gusto por el vodka seguía intacto.
-En un tiempo me la pasaba amargado por intentar salvar a todos y no poder-escupió, apurando el vaso-La cosa es que a mí me toca estar siempre pensando en “lo que va a pasar”. Siempre hay algo “a continuación”, y yo debo pensar en eso. Ese es el drama de andar salvando a todo el mundo.
Yo siempre hablo, me la paso hablando, pero con Hugo es distinto. Hago un paso al costado, y me pongo a escucharlo. No soy fumador, pero les aseguro que estos son los momentos perfectos para empezar.
-¿Cuántas veces intentaste hablar con alguien de algo que te importa mucho y trataste que el otro viera las cosas como las ves vos? ¿Y cuantas de esas veces terminaste sintiéndote más amargado, resentido con el otro por haberle hecho sentir que tu dolor no tiene ninguna sustancia?
Hugo me cuenta sus cosas, yo me sirvo otro vaso y le sirvo a él. Sabe que yo creo en la empatía, pero igual le gusta pelearme.
-Es como cuando uno se separa de alguien y trata de comunicar lo que siente porque necesita pronunciar las palabras, necesita sentir que alguien comprende lo jodido que esta. El problema es que el otro nunca hace suficiente caso. No ha estado ahí día tras día, semana tras semana, para comprenderlo.
-Te entiendo.
A Hugo lo dejó su chica. Hace como mil quinientos años, más o menos. Quizá por eso es tan distinto a mí. Quizá por eso es tan parecido a mí.

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