miércoles, 2 de mayo de 2012

Niñez

Miro a mis hermanos y recuerdo cuando eran niños. Cuando tenían dos, tres, cuatro años. Pienso en un libro que leí hace tiempo, donde el protagonista hablaba de la niñez, y descubro que tiene razón.
Mírenme a mí, por ejemplo. Hago cosas que probablemente todavía no tengo muy claras. Pero antes de todo eso, de hablar como hablo, de pensar como pienso, de sufrir mis cicatrices, yo también fui un niño. Difícil de creer, pero cierto.
¿Recuerdan cómo era ser niño? Me temo que no. Quizá creemos que sí, pero en verdad nadie puede. Lo único que recordamos son esos fragmentos que nos trajeron hasta donde estamos ahora. Esas veces que nos sentimos vivos, fotos fijas de días especiales y de impresiones casuales, que forman parte de uno mismo y son una construcción nuestra. Pero no podemos recordar lo demás.
Nadie puede recordar cómo era ser niño cuando eso era lo único que sabíamos. Cómo es ser estúpidamente feliz, cuando la felicidad no era algo a buscar sino que ella te encontraba a vos. Cómo un objeto se vuelve un talismán que necesitamos tener cerca. Despertarse de una pesadilla y sentir que el mundo era cada vez más chico y nada podía salvarnos. Cómo se sentía echarse a correr simplemente para sentir la energía que teníamos. No podemos recordar cómo era ser niño, y no otra cosa más que ser niño.

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